DESCONEXIÓN

No quisiera formar parte de la orquesta del Titanic pero si hay que estar algunas temporadas fuera de Europa con gente joven pero implicada antes de volver a ser un equipo capaz de competir aceptémoslo cuanto antes y dejemos ya de volatilizar el engaño.


Historia

Hay pesadillas que nunca se olvidan. A día de hoy todavía me cuesta creer que el VCF bajara a segunda división en 1986 con un equipo en el que formaban Sempere, Quique, Arias, Tendillo, Castellanos, Roberto, Subirats, Fernando, Arroyo, Giner, Voro, Sixto o Wilmar Cabrera. Me aterra pensar, todavía más, que cualquiera de ellos sería titular en este Valencia de hoy en día. Aquel equipo tenía veteranos con carácter, jóvenes a punto de consolidarse y en su inmensa mayoría jugaban en el equipo del que eran hinchas. Ese descenso del 86’ desvirtúa muchas teorías. Si aquel equipo bajó fue por la depresión que se apoderó del club desde el  mundial 82 y no por su falta real de fútbol. No sé si somos conscientes de los paralelismos. Pero urge, de manera firme, revertir ese clima de cuanto peor mejor que parece haberse instalado en el entorno más frívolo del valencianismo. Con un descenso ya tuvimos bastante. Las catarsis a cojón visto son sólo mala literatura para becarios inconsistentes. A mí, eso de que el descenso era necesario para reaccionar siempre me sonó a broma macabra. Nunca lo he compartido.

La gran paradoja

Hasta aquí nos han traído fundamentalmente los delirios de grandeza mal enfocados y la falta de responsabilidad. Muchos aludían a un supuesto conformismo cada vez que las voces más sensatas pedían calma y prudencia. Es paradójico que el Valencia huyera hacia adelante para tratar de satisfacer a sus hinchas menos leales en aras de un proyecto que los más irreductibles contemplaban con desconfianza creciente. Como pasa siempre, los primeros en bajarse del barco han sido los que sólo sabían ser de un Valencia campeón. En mayo de 2003, antes incluso del glorioso doblete, un grupo de gente preocupada por la posible deriva del club colgó esta pancarta en el balcón del Gol Gran durante un Valencia-Villareal que acabó con victoria visitante: “El Valencia campeón es circunstancial. El Valencia Club de Fútbol es eterno”. Cuesta creer que por culpa de una mala digestión ni siquiera esa evidencia pueda ser ya una certeza. No quisiera formar parte de la orquesta del Titanic pero si hay que estar algunas temporadas fuera de Europa con gente joven pero implicada antes de volver a ser un equipo capaz de competir aceptémoslo cuanto antes y dejemos ya de volatilizar el engaño. Hay muchos valencianistas que sabrán responder con el mismo espíritu que en otras ocasiones donde la entidad estuvo al borde del precipicio. Otra cosa es que los dirigentes del futuro aprendan la lección. Pero eso, como casi todo lo demás, ya es harina de otro costal.

Salva Regües

Escribir del derbi sin Salva Regües ya no será lo mismo. Le echaremos de menos. A él y a sus columnas.  A veces nos provocaban ternura y en otras algo parecido a la irritación. Ese mérito suyo tan indiscutible de ser poeta y poema no está al alcance de muchos. Apenas lo traté en lo personal pero siempre me dio la impresión de que sabía disfrutar de la buena vida. El cine, los libros, la comida, los viajes, su familia. Creo que el fútbol fue para él lo que para muchos otros, una manera personal de no perder del todo el candor de la infancia. Siempre le leía. Su ciudad me gustaba, la ciudad del viejo Vallejo y aquel universo gimnastiquista de algunas calles del barrio del Carmen que hoy resulta tan lejano. Nunca estuvimos de acuerdo en el enfoque de la rivalidad local pero eso era inevitable. Era excesivo y absorbente, pelín pesado quizás. Pero también amable, generoso, detallista. Al final, eso es lo único que cuenta: la bonhomía.  Seguro que fue un magnífico granota, pero yo prefiero decir que siempre me pareció un hombre bueno. Y la bondad, por fortuna, anula los matices y las discrepancias.

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