Misent está de luto

El Valencia ha arraigado en la mayoría de comarcas y ha servido de vehículo de identificación representativa, pese a nuestra idiosincrasia peculiar y contradictoria, tan proclive a abrazar militancias foráneas por complejo o esnobismo.


Lo suyo hubiera sido escribir sobre Otamendi, el general desertor. Es lo que se lleva estos días. O de la cita a cara o cruz con el Mónaco; pero, puestos a elegir, prefiero evocar la figura del  desaparecido Rafael Chirbes, un escritor de la tierra y, además, valencianista de corazón. Aún nos sorprende que autores de reconocido prestigio sucumban a la pasión por el fútbol, al igual que sucede con el resto de los mortales. Estamos equivocados, afortunadamente disfrutan de este espectáculo y también profesan cariño por unos colores.

En la última obra publicada por el escritor de Tavernes de la Valldigna (resulta doloroso comprobar cómo en estos tiempos todavía se escribe incorrectamente el nombre de la población, utilizando la b de burro), aparece el Valencia CF como parte de un decorado existencial muy reconocible. Las alusiones al club de Mestalla son tangenciales pero ayudan a comprender parte del universo vital de nuestra sociedad. Ese ambiente de Misent, escenario donde transcurre el relato de “En la orilla”,- distinguido, merecidamente con el premio nacional de narrativa y también el de la crítica- recrea el de otras muchas poblaciones en las que el valencianismo se extiende desde hace décadas.

El Valencia ha arraigado en la mayoría de comarcas y ha servido de vehículo de identificación representativa, pese a nuestra idiosincrasia peculiar y contradictoria, tan proclive a abrazar militancias foráneas por complejo o esnobismo. Chirbes fue uno de esos tantos aficionados del Valencia, quizás distante y escéptico a la vista de estos tiempos en los que el fútbol evoluciona hacia un modelo excesivamente mercantilizado. No lo sé. Hace algún tiempo, el Valencia invitó al escritor a presenciar un partido en el palco de Mestalla, pero Chirbes declinó amablemente la invitación tras agradecer el gesto. Ahora sería un buen momento para que se le rindiera el homenaje que se merece, discreto y sentido, en consonancia a su personalidad.  
Acostumbrados a soportar los rancios discursos futboleros de otros “intelectuales” de medio pelo, abonados a caballo ganador, conviene reivindicar la lealtad de un enorme escritor que se ha ido demasiado pronto.  Uno de los nuestros.

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