¿Es el del Valencia un proyecto atractivo?

La sensación de que al club y a su directiva se le ha vuelto a escapar, como ya sucediese en 2004 cuando el trofeo de Mejor Club de Mundo dormitaba en sus vitrinas, otro tren clave a la hora de incorporarse a la reducida lista de clubes referencia en el continente.


Es una de las preguntas obligadas a estas alturas, justo cuando el tercer año con Meriton en nuestras vidas se halla a punto de iniciarse. El balance de las dos anteriores temporadas no podría ser más dispar: objetivos logrados y muchas expectativas tras la primera, fracaso total y coqueteo con el descenso en la segunda. Superar los guarismos precedentes será, pues, tarea fácil; principalmente, porque empeorarlos nos metería de lleno en un drama no visto desde hace treinta años.
 
Con todo, al cosquilleo placentero de la ilusión por el pistoletazo de salida de una nueva campaña se le unen muchas incógnitas respecto a la capacidad de atracción que puede ejercer este club tanto en el imaginario popular (su afición) como en lo referente a sus trabajadores dentro y fuera del césped. En 2014 el Valencia era la 'it-girl' del verano, en boca de todos por la adquisición de la propiedad por parte de Peter Lim y con la promesa (más un deseo propagandístico en voz alta que sustentada en una política consolidada de hechos) de, a lo Escarlata O'Hara, jamás volver a pasar hambre deportivamente hablando. De crear una escuadra potente y ambiciosa con jugadores de renombre. De conquistar títulos. Ilusión, 'bombas', fichajazos y tal.
 
Dos años después, la realidad en esa faceta también arroja un balance poco consistente. Mucho dinero invertido (casi 200 millones en fichajes), excesiva dependencia en Jorge Mendes, rendimiento irregular con más sombras que luces (por cada Santi Mina o André Gomes hay varios Rodrigos, Negredos o Abdennours) y, ahora mismo, un proceso de amortización de activos en forma de ventas para cuadrar los complejos números del Fair Play Financiero. Salidas de jugadores que se justifican convenientemente desde el club y entorno amable haciendo recaer sobre el futbolista toda la responsabilidad. "Quería irse". "Le pagaban más en otro sitio". "No estaba comprometido aquí". "Su ciclo había acabado".
 
Todo ello argumentos que ahondan en algo todavía más preocupante: la sensación de que al club y a su directiva se le ha vuelto a escapar, como ya sucediese en 2004 cuando el trofeo de Mejor Club de Mundo dormitaba en sus vitrinas, otro tren clave a la hora de incorporarse a la reducida lista de clubes referencia en el continente. Un vagón perdido por culpa de errores en la gestión deportiva que, a su vez, tienen impacto directo en la económica. Cual fichas de dominó, el cisma de junio de 2015 y la guerra abierta entre sectores afines al ex presidente Salvo y a los actuales directivos llevaron a un clima hostil contra Nuno, a su endiosamiento y borrachera de poder, a la virulencia de la grada, a un inicio de temporada lamentable, al fichaje de un entrenador inexperto que se tradujo en resultados todavía más lamentables, a una duodécima plaza indigna para una entidad de tanto prestigio, al fracaso de no entrar en competición europea, a la pérdida de esos ingresos tan fundamentales para cuadrar las cuentas (cuyas previsiones a cinco años vista quizá fuesen imposibles de cumplir) y a la necesidad, más o menos imperiosa, de reajustar la plantilla y 'amodestarla' de cara a este año. 
 
Todo lo anterior en sucesión continua y con una propiedad (Peter Lim, Lay Hoon, Kim Koh) muy fan del 'laissez-faire' en lo que respecta a su presencia y supervisión de los temas que nos afectan, en un círculo vicioso imparable y que te obliga este año a sacarle el 130% de rendimiento a los mimbres actuales si se pretende que la espiral decadente revierta su dirección. Otro año más sin Champions obligaría de nuevo a reajustar presupuestos, a aligerar plantilla, a vender jugadores referencia… Ya saben cómo va esto.
 
¿Es el del Valencia, a día de hoy, un proyecto atractivo? Quizá deberíamos reformular la frase y preguntarnos si el propio Valencia de verdad está haciendo todo lo posible para ser y constituir un proyecto atractivo, al que jugadores con hambre quieran venir y en el que jugadores 100% comprometidos quieran quedarse. 
 
El caso de Javi Fuego y su marcha al Espanyol hace unos días, por ejemplo, posee una mayor carga simbólica que deportiva. En este último campo, el de los fríos datos, no hay nada que discutir: jugador que llegó gratis con casi 30 años, que ha rendido notablemente y que deja entre uno y dos millones de euros en caja cuando sólo le restaba un año de contrato. Buena gestión, objetivamente. 
 
Pero también convendría señalar que el equipo pierde a uno de los pocos jugadores con autoridad de la caseta, experimentado, veterano, pegamento entre los distintos grupos del vestuario, ejemplo para los jóvenes, disciplinado en todas sus facetas, capitán en la sombra cuando venían mal dadas y, por encima de todo, profesional intachable. Todas ellas cualidades halagadas por el entrenador (por todos los que le tuvieron a sus órdenes), compañeros, empleados de la entidad y el propio Peter Lim en persona. De hecho, la cúpula del club lo consideraba un baluarte cuando se produjo la gira comercial por Singapur, nada más terminar la temporada. 
 
En un momento en el que el Valencia debería haber buscado más Javi Fuegos en el mercado para reforzar su núcleo duro de valores, prescinde del único que tenía. Y el asturiano se fue como vino: humildemente, sin hacer ruido y agradecido por la oportunidad de haber jugado en un club tan importante.
 
Que nadie se lleve a engaño: el Valencia seguirá adelante indiscutiblemente sin Fuego, como siempre lo ha hecho fuese quien fuese el futbolista encargado de hacer las maletas. Se fue Villa, y aquí estamos. Se fue Kempes, y aquí estamos. Nadie es imprescindible. Pero debe acertarse con su recambio y, más aún, debe llenarse el vacío que deja como referente moral y hombre de club. Buscar más hombres de ese perfil. Incorporar, como mínimo, un jugador igual de comprometido y que, además, mejore su rendimiento sobre el césped.
 
No será fácil. La espiral del último año ha convertido en sospechosos a todos, incluso a aquellos de los que jamás habríamos dudado. Los escarceos del Barça con Alcácer son un ejemplo. El verano en blanco de Mustafi mientras la Premier llama a su puerta, otro más. El roce de Parejo con Ayestarán a colación de la oferta del Sevilla hacen tres. El cambio radical de titán bajo palos a carga transferible de Diego Alves, cuatro. Todos hombres importantes, pilares del equipo, jugadores emblema. Y todos fuente de rumorología en un verano en el que, más que nunca, había que cerrar filas y reforzar el 'corazón' de la plantilla para edificar un Valencia mucho más comprometido, sacrificado, implicado y orgulloso que el que vimos arrastrarse en la 2015-2016.
 
La temporada pasada sirvió como despertador improvisado a una masa social que, durante mucho tiempo, navegó entre las expectativas desorbitadas y las ganas de sangre y revancha producto de un clima social tóxico y absolutamente irrespirable. Sólo la amenaza real del descenso permitió aparcar por unas semanas las cuchilladas, para retomarse una vez la categoría estuvo a salvo. Por el camino, la humildad quedó arrinconada y olvidada en una esquina, demasiado corriente, demasiado poca cosa para un proyecto que iba a ser "mundial" y en el que acabó liándose la mundial. 
 
Este es el verano del 'reboot', de empezar de cero con mimbres quizá más contenidos en expectativas (y Nani como gran excepción que confirma la regla) pero que deben aportar otra identidad al equipo. Identidad que permita rearmar al club de manera progresiva, desde la modestia, la honradez y la profesionalidad. 
 
Será un proceso lento y costoso, pero necesario: pensar mucho sin gastar demasiado. Hace dos veranos se escogió el camino rápido, el de gastar mucho sin pensar demasiado… y ya vimos lo que pasó.

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