Diego Alves y la estatua

Ante el Córdoba se vio la enésima demostración de un deportista en pleno momento dulce, “in the zone” que dicen en el baloncesto: ese estado de concentración absoluta, de movimientos automatizados, de rendimiento cercano a la perfección. Fueron noventa minutos casi impecables (faltó detenerle a Ghilas el penalti) en los que tres intervenciones destacaron por encima de las demás


Pasó una semana más y la balsa de aceite deportiva que es el Valencia se mantiene a flote sin esfuerzo, aupada a la superficie por esos 50 puntazos que la aproximan más al tercer puesto que a la quinta plaza. Incontestable y, en su mayor parte, merecido. Se destaca últimamente la solidez defensiva de los hombres de Nuno, el acierto cara a puerta de la segunda línea, el trabajo y rendimiento de Piatti, la explosiva temporada debut de Jose Luis Gayà…

Casi nadie pone en valor como se merece el trabajo de Diego Alves. 

Principalmente, porque ya no es novedad: el guardameta lleva prácticamente dos años (mal)acostumbrándonos a la excelencia.

DURO ATERRIZAJE

Echar la vista atrás a verano de 2011 es tan curioso como demoledor. La hemeroteca es implacable. La somanta de palos que le cayó a Braulio Vázquez por el fichaje del portero brasileño, procedente de un Almería que acababa de caer al hoyo de Segunda, fue (como diría Jose Joaquín Brotons) sensacional a la par que lamentable. 3,5 millones de euros le costó al Valencia, en una pugna más que encarnizada con el Atlético de Madrid. Braulio se salió con la suya en una época en la que, recordemos, la chanza respecto a la portería del conjunto ché era uno de los temas recurrentes en el entorno del club.

Tras la salida de Cañizares en 2008, nombres como los de Hildebrand, Renan, Miguel Ángel Moyà o Cristiano Pereira (¡Cristiano Pereira!) comenzaron a amontonarse en la plantilla, en un frenesí 'fichador' desconocido hasta esa época. Emery exigió el fichaje de Moyà, desoyendo la propuesta de Fernando Gómez de firmar a Esteban Granero (sí, por aquella época el 'Pirata' era una de las joyas del fútbol patrio, libre de lesiones de larga duración). A Renan lo trajo el propio Fernando sin demasiado éxito, aunque demostró ser un cancerbero más que digno. Las lesiones y percances acabaron haciendo que un joven canterano de Torrent, Vicente Guaita, se 'bautizase' bajo palos (sin demasiada fortuna en las jugadas clave) en una gélida noche europea en Saint-Ettiene. Al final, hubo que traer a veteranísimo César Sánchez a poner algo de orden: el cacereño se erigió en líder y baluarte de aquel Valencia que, por merecimientos, debió llegar a la final de la Europa League; lo hubiera logrado de no sufrir un atraco vil en el Calderón con aquel penalti clamoroso que terminó con Zigic descamisado.

Ya con César fuera del club, pronto la rivalidad entre Alves y Guaita pasó de mera frialdad personal en los entrenamientos a un atrincheramiento enconado, con fanáticos y detractores de uno y otro echando gasolina semanalmente al debate. Los expertos (Ochotorena entre ellos) coincidían: hacía años que no se veía a un meta en Paterna con las condiciones técnicas, la envergadura, la altura, la juventud y el margen de progresión de Vicente Guaita Panadero. Ah, el arquero era valenciano, para más inri, lo que para muchos significaba también una cualidad más, en lugar de una mera anécdota. Sumemos eso a una connivencia llamativa con su entorno para explicar por qué, durante más de dos años, Diego Alves tuvo que soportar un asedio mediático nunca visto hasta entonces en el que no se criticaba simplemente su rendimiento deportivo, sino que los comentarios siempre entraban de lleno en el terreno personal, afeándole conductas, atacando su forma de ser y minando su confianza.

Alves cambió. Se recluyó en sí mismo, cerró puertas, limitó el contacto con la prensa… y apretó los dientes. Competitivo como pocos, empeñó horas en mejorar el juego por alto, una de las críticas recurrentes y que le dejaban en mal lugar en la comparativa con Guaita. Se ganó en los entrenamientos los minutos bajo palos, fuese en una u otra competición. Y, ya con Txingurri Valverde al frente del equipo, empezó a decantar la balanza a su favor. Sólo las lesiones frenaron su consolidación: el brasileño ha padecido tres de diversa gravedad, siempre musculares y todas dejándole en el dique seco aproximadamente un mes. Con Djukic se regresó a la alternancia en la portería (también debido a una lesión de Alves en septiembre), aunque la efímera etapa del serbio en el banquillo sirvió para dar la puntilla al debate en la portería de una vez por todas.

CONSOLIDACIÓN BAJO PALOS

En verano de 2013, Vicente Guaita y sus agentes pidieron al club que escuchasen ofertas por el futbolista. Incluso el director financiero del Arsenal, Richard Law, se presentó en Valencia para hablar con el presidente. Amadeo Salvo despachó al emisario 'gunner' en un hotel de Valencia tras constatar que la propuesta por el meta no se acercaba ni remotamente al precio exigido. Quizá Guaita pensó que algún club importante se 'mojaría' por él. Mientras le daba vueltas a su futuro, Alves curraba. Se hizo con el puesto en Alemania, y tras la llegada de Pizzi en Navidades, se aferró a él con todas sus fueras.

Meses después, al terminar la temporada, Vicente Guaita hizo las maletas rumbo a Getafe, casi 'regalado' y por la puerta trasera. Consecuencias de una temporada en la que Alves, al fin, explotó todo su potencial. Los debates se borraron de un plumazo.

Con Pizzi, Alves se sintió importante. Con Pizzi, poco amigo de experimentos raros como los que excitaban a cierto técnico de Hondarribia, había un portero titular… y punto. Con Pizzi, Alves lo jugó prácticamente todo, con el asterisco del mes de abril debido a una rotura de fibras en su pierna derecha que le tuvo KO cinco semanas. Pese al percance, al término de la temporada no había dudas: la batalla mental, la guerra psicológica, la victoria a la hora de trabajar bajo presión en una de las porterías más exigentes de Primera era claramente propiedad de Diego Alves.

Todo quedó sellado definitivamente con la renovación del brasileño. Una renovación que, analizada en profundidad, demuestra y destila muchas de las características del portero. Por ejemplo, la ambición. El riesgo. Apostar, en definitiva, por un proyecto. Diego Alves renovó con el Valencia en julio del pasado año hasta 2019, y lo hizo en pleno proceso de venta del club. Las negociaciones con la agencia Promoesport, que vela por los intereses del carioca, se prolongaron durante varios meses en los que la venta del Valencia estaba en pleno punto de ebullición: recordemos que la primera elección del Patronato de la Fundación VCF fue el 17 de mayo, y la segunda el 31 de julio, apenas días después de que se oficializase la continuidad del portero. Quedaba el grueso de la negociación con Bankia, que se prolongaría hasta el 1 de diciembre. Alves se 'mojó' por el Valencia, apostó al blanquinegro, casi medio año antes de que el panorama se despejase definitivamente. Y eso habla a las claras de su ambición por consolidarse y seguir creciendo en el club en el que, con su trabajo, ha logrado regresar a la Selección Brasileña después de varias temporadas.

¿Imaginan ustedes en qué términos se desarrollaría una negociación para renovar al portero HOY, en pleno 2015? ¿Cuánto dinero más le costaría al club? ¿Cuántos equipos grandes estarían al acecho para seducir al meta con más ceros en su cuenta corriente? La operación le salió redonda al Valencia, en tiempo y forma. Acierto total de Rufete. Y Diego no podría estar más satisfecho de ser uno de los baluartes indiscutibles en el nuevo proyecto de Peter Lim.

Y DE SU RENDIMIENTO DEPORTIVO… ¿QUÉ?

Diego Alves es actualmente el mejor portero de la Liga Española, y me atrevería a decir que uno de los cinco mejores en Europa. Alguno se lo toma a cachondeo, pero toca reiterar cada fin de semana la andanada: la Liga de Fútbol Profesional debería concederle ya mismo el galardón a Mejor Portero de la temporada 2014-2015, aunque resten todavía catorce jornadas por disputarse. Poco va a cambiar la situación de aquí al final de la competición: ni Casillas, ni Bravo, ni Navas, ni Moyà, ni Beto, ni Asenjo… Ninguno se acercará al brasileño en lo referente a intervenciones decisivas y puntos ganados para su equipo, por mucho que los promedios del Zamora beneficien al portero del Barça. Acabemos ya con esta farsa y adjudiquemos los galardones -el que entrega la LFP, y el que entrega el BBVA- de una maldita vez.

El análisis simplista y más llamativo destaca el poderío de Alves en el cara a cara desde los once metros, una de sus cualidades más destacadas pero no por ello la única. Nos hemos acostumbrado a la excelencia, y quizá por eso toca recordarlo a menudo para ponerlo en valor: detener o evitar el gol casi la mitad de las veces que te lanzan una pena máxima es un locurón, una estadística de otra galaxia. Los números están en 18 penaltis repelidos de 40 lanzamientos (45%) entre Liga, Copa y competición europea en casi nueve años como guardameta en nuestro país. Bestial. Y eso, para un club al que le señalan penas máximas al menor soplido dentro del área propia (siete en lo que llevamos de temporada, récord en la Liga), son muchísimos puntos dentro del zurrón.

Ante el Córdoba se vio la enésima demostración de un deportista en pleno momento dulce, "in the zone" que dicen en el baloncesto: ese estado de concentración absoluta, de movimientos automatizados, de rendimiento cercano a la perfección. Fueron noventa minutos casi impecables (faltó detenerle a Ghilas el penalti) en los que tres intervenciones destacaron por encima de las demás. Primero Diego le sacó un tiro cruzado a Bebé; posteriormente, despejaría un remate complicadísimo de Abel Gómez, cuya volea desde la frontal botó justo delante del meta en una acción que habría acabado en gol nueve de cada diez ocasiones. Por último, ya en la segunda mitad, un alarde de colocación bajo palos del brasileño al repeler un testarazo de Andone.

Cualquiera de las tres acciones habría cambiado el curso del partido, especialmente para un Valencia al que remontar a domicilio le cuesta un mundo esta temporada. Pero ahí estaba el portero para completar la mitad más importante del axioma 'nunista': no encajar. Con el cero en el casillero, poco importa que se juegue bien, mal o fatal al fútbol, porque el potencial ofensivo inherente de este equipo le lleva a tener (casi por castigo) al menos una ocasión clara por partido. Y esa oportunidad, en botas de Negredo, Alcácer, Piatti, Feghouli o André Gomes, suele ser más que suficiente para ganar.

La pasada campaña, un Levante en mantillas a todos los niveles y sin el habitual 'killer' en su vanguardia para decantar partidos, obtuvo la permanencia de forma holgada gracias a la monstruosa temporada de su portero, el costarricense Keylor Navas. El fútbol practicado fue infame durante gran parte de las jornadas, pero tremendamente eficaz. El 'tico' fue el hombre más decisivo en Orriols con una diferencia abismal respecto al resto: los granotas ganaron puntos increíbles ante rivales poderosísimos gracias a la estoica, ágil y voladora figura de su cancerbero. 

Este año, el Valencia es un calco de aquello pero hipervitaminado con los millones y calidad que ofrecen sus atacantes. Huelga decir que el equipo de Nuno juega bastante mejor que aquel de Caparrós, ¡dónde vamos a parar! Pero creo que la analogía queda clara: un muro atrás y un martillo arriba. Así las cosas, mientras la defensa mantenga la seriedad característica de la presente campaña y Alves mantenga este nivel, el Valencia será candidato no sólo a entrar en Liga de Campeones, sino a pelear por cotas más altas. Por esa regla de tres, perder a Diego bajo palos debe ser motivo de desmayos y de que todos entremos en DEFCON-3 de inmediato: echen, sino, un vistazo a lo sucedido en Copa del Rey cuando el brasileño cedió su puesto a Yoel en las eliminatorias ante Rayo Vallecano y Espanyol. Ni punto de comparación (y que nadie lo interprete como una crítica al meta gallego).

Escuchar el nombre de Alves abriendo una alineación titular es tranquilizador, relajante como un fin de semana en cualquier balneario. Un fundamento sólido en el que construir el armazón del equipo, un punto de apoyo imprescindible. Al fin, un digno sucesor de Santi Cañizares. Tras los años del 'Dragón', acabaría llegando desde Brasil el guardameta más decisivo del último lustro, me atrevería a decir incluso de la última década. Y con muchos años de contrato por delante, que nos auguran momentos de gran felicidad si mantiene tan alto su listón de rendimiento y autoexigencia. Se lo ha ganado a pulso. Mientras otros porteros son fans de hacer la estatua, Alves hace cada día méritos para que se la hagan a el. A las puertas de Mestalla. El Nuevo, obviamente.

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