Salvador Gomar y su tiempo

Intuitivo y listo, imposible de sorprender, siempre guardaba un comodín en la manga.


Con la inesperada y traumática desaparición de Vicente Peris el 13 de febrero de 1972, el Valencia CF sufrió un serio golpe en su organización del que tardó en reponerse. El Club atravesaba en aquel momento por una etapa de plenitud. A los éxitos deportivos: tres finales de Copa seguidas, la conquista de  una Liga y un subcampeonato liguero que no fue título por culpa de un arbitraje vergonzoso, se añadían otros logros que situaban a la entidad en la vanguardia organizativa. . El Valencia había entrado en la década abrazado a la modernidad. A raíz de la muerte de Peris, se buscó un recambio de postín para ocupar el enorme hueco dejado por el gerente y factótum. La misión no era sencilla y, finalmente, se trajo a José María Zárraga, ex -jugador internacional del Real Madrid, hombre preparado y con experiencia en el cargo. Todo un fichaje de despachos. 

Sin embargo, su incorporación coincidió con una progresiva etapa de cambios y de decadencia deportiva. El Valencia de Dí Stéfano ya no era el rey del mambo y pese a contar con una plantilla de primer nivel, los resultados no acompañaban. Hubo relevo en la presidencia: Julio de Miguel cedió el poder a Francisco Ros Casares; corría el verano de 1973 y se autorizaba la contratación de jugadores extranjeros. Salif Keita y Kurt Jara, un negro y un rubio, desembarcaron en Valencia. Aquel contraste étnico expresaba lo que fue el ejercicio de un equipo que se puso líder y acabó más cerca del descenso que de Europa.

Zárraga no le cogió el aire al Club, cometió un grave error burocrático que hubiera permitido la desvinculación contractual de varios jugadores que, finalmente, en un gesto caballeroso, optaron por no hacer valer esa ventaja que les permitía marcharse libres. El gerente vasco optó por dimitir y abandonó decepcionado el Valencia el 20 de agosto de 1974 tras poco más de año y medio en el cargo. Su sustituto fue Salvador Gomar, que procedía de la Federación Valencia que presidía Miguel Monleón. El momento era complicado: la marcha deportiva no satisfacía a una afición desencantada. El traspaso de Sol al Madrid en el verano del 75 no contribuía a calmar los ánimos. La oposición a Ros Casares afilaba armas y todo explotó en la campaña 75-76, cuando el Valencia ya empezó a entrenar en las instalaciones recién adquiridas de Paterna. El gran legado de un presidente que se fue desmoralizado a mitad de temporada.  José Ramos Costa accedía a la presidencia y se iniciaba una nueva época. Los mejores años de Gomar en el Club.

Salvador Gomar y el nuevo máximo mandatario fueron uña y carne. En aquellos años se forjó el célebre equipo que conquistó varios títulos. A la complicidad entre ambos se sumó el legendario Pasieguito, ideólogo en la parcela técnica. Si Mario Kempes fue el estandarte sobre el campo; en los despachos, el trío formado por el presidente, gerente y secretario técnico/entrenador, movía los hilos. Fueron años de contrastes,  la gloria deportiva también se vio eclipsada por una disminución de la masa social, el Club se metió en terrenos pantanosos que le pasaron factura en aquella agitada época de la Transición. El Valencia adquirió rango e influencia en la Federación. Ramos Costa y Gomar podían presumir con razón de ello, mandaban y estaban bien colocados. Prueba de ello es que  Mestalla se llevó la sede de la selección española del Mundial 82.   

Aquel fue un punto de inflexión. Tras la experiencia mundialista, el valencianismo asistió perplejo a un imparable deterioro de la entidad en todos los órdenes. Solo un milagro impidió el descenso. La entidad estaba gravemente herida y tres años después se consumó la pesadilla. Aquel trienio fue duro y repleto de amargura. Gomar aguantó el tipo tras la dimisión de Ramos Costa y la marcha de Pasiego. Su papel en el Club era cuestionado, representaba el último bastión de un régimen que ya había caído. El Valencia precisaba de un cambio profundo en sus estructuras y con la llegada de Arturo Tuzón a la presidencia se consumó. Gomar dejaba atrás doce años de servicio y una manera peculiar de desenvolverse en el despacho que no era sencilla de apreciar, parecía que siempre estaba jugando contigo al truc. Intuitivo y listo, imposible de sorprender, siempre guardaba un comodín en la manga. Ahora que la partida ha terminado, el Valencia despide a un hombre singular cuya figura ayuda a entender mejor lo que fue una época decisiva.        

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