Mi amigo el entrenador

‘¿Siempre juegan así?’, era la pregunta de aquellos que no siguen con asiduidad los partidos del Valencia, de los que se libran de sufrir ese tormento.


La imagen ofrecida por el Valencia en su visita al Levante es una de las más tristes mostradas por el conjunto de Mestalla desde el inicio de la temporada. Sin embargo, lo peor es que no fue una pájara o un hecho aislado, sino el reflejo de una campaña penosa a todos los niveles. Gary Neville, el responsable de sentarse en el banquillo valencianista, asumió tras el partido la parte alícuota de responsabilidad que le correspondía, pero fundamentalmente aludió a la actitud de los jugadores y la consideró inaceptable por su falta de implicación. Es cierto que el del Valencia no fue precisamente un buen partido, pero creo que varios de los jugadores sí que pusieron lo que tenían que poner. Pienso que a hombres como Barragán, Parejo o Javi Fuego se les puede criticar el acierto, pero no la intensidad, y que Paco Alcácer poco puede hacer cuando no recibe un balón ni por casualidad. A la salida del estadio más de un levantinista, además de expresar su inmensa satisfacción por la victoria, me mostró su extrañeza por el mal juego de un rival que esperaban mucho más potente. ¿Siempre juegan así?, era la pregunta de aquellos que no siguen con asiduidad los partidos del Valencia, de los que se libran de sufrir ese tormento.

Más allá de la implicación, el Valencia tiene varios problemas. De entre ellos hay dos que llaman especialmente la atención. El primero y principal es el de la inexistencia de un patrón de juego, un mal que se ha intensificado en los últimos tiempos pero viene de atrás, desde la marcha de Ernesto Valverde en 2013. Buena parte del problema es consecuencia de la falta de acierto a la hora de elegir el técnico y, por tanto, hay que señalar con el dedo al que lo elige, al propietario de la entidad. En segundo lugar, existe un problema de calidad en la plantilla, aunque en este aspecto tengo algunas dudas. No cito nombres porque estoy convencido de que varios de los futbolistas que ahora no dan un pase a tres metros, no se regatean a nadie, pierden todos los balones divididos y llegan tarde a donde deberían llegar pronto, me dejarán en evidencia si un día salen del Valencia. Estoy seguro de que en su próximo club me parecerán Pelé, lo que me hace concluir que el problema está en la cabeza y no en las piernas.

Por todo ello, solo cabe esperar que el equipo llegue, como sea, a los puntos que matemáticamente den la permanencia, que tenga un poco de suerte ante el Athletic de Bilbao, aunque solo sea por aquello de dar una pequeña satisfacción a la afición y, sobre todo, que el sucesor de Neville, llegue cuando llegue, sea un entrenador en lugar de un buen amigo del jefe como han sido el inglés y su antecesor. Se imagina el valencianista la satisfacción que puede producirle ver en el banquillo a alguien capaz de sacar lo mejor de los jugadores, desatascar un encuentro, combinar el juego con la fuerza y establecer un patrón de juego. No hay que desesperar. Aunque en Valencia nos cueste creerlo, ese tipo de técnicos existe y para encontrarlo no hay más que mirar a cualquiera de los rivales que semana tras semana se miden con el conjunto valencianista.

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