¿Cómo lo arreglamos?

Asumamos que Peter va a seguir haciendo lo que le salga de los Singapures. El proverbial gato es suyo. Por tanto, todos los movimientos de mercado de los que se habla y se hablará de aquí a verano van a seguir supeditadísimos a la manera en que el máximo accionista se despierte esa mañana.


Recuerdo pocos ejemplos tan exagerados de incertidumbre sobrevolando el ambiente valencianista. Hablamos de incógnitas y preguntas que se acumulan hasta el punto de romper el tejido de la realidad, instalándonos en un plano de amargo tránsito hacia la nada. Un limbo repleto de dudas que bien podría responder a las grandes cuestiones de la vida. ¿Quién somos? ¿Qué hacemos? ¿Cómo hemos llegado aquí? Y, sobre todo… ¿a dónde vamos?

Se ha escrito todo lo que se podía escribir y se ha analizado todo lo que se podía analizar respecto a una de las peores temporadas de la historia del Valencia, números en mano. Una temporada que, hace no demasiado, hubiese obligado a la junta directiva de turno a salir en globo del Cap i Casal ante una turba enfurecida de aficionados leales hasta el extremo y, por tanto, con el derecho ganado durante décadas a exigir ya no lo mejor de su equipo, pero sí al menos un poquito de dignidad. Esa que brilla por su ausencia en un año plagado de ridículos espantosos sobre el césped, en el banquillo y en la zona noble.

Deportivamente, el club  ha entrado en paro cardíaco. Son necesarias un par de descargas en forma de victorias para salvarle la vida. Me abochorna enormemente estar tecleando en estos momentos que el Valencia de los 200 millones de euros en fichajes se encuentra a seis puntos del descenso, a falta de ocho jornadas para el final de la Liga. Nos hemos acostumbrado a la situación, sí, pero no deja por ello de ser lo más lamentable que se ha vivido en la última década, a la par con lo ocurrido en la 2007-2008. La diferencia está en que aquel vestuario, aquella entidad, vivía inmersa en una guerra civil a nivel societario y de caseta. Los cuchillos volaban en todas direcciones. Este Valencia, por el contrario, es su antítesis: ahora mismo, no pasa nada. Nada de nada. Nadie mueve un pelo. En el Valencia de Meriton, todos tienen miedo a moverse y dejar de salir en la foto. Miedo a decir lo que hay. Miedo al fracaso. Miedo al presente y miedo al futuro.

Echar la vista atrás apenas un año, dos años, nos devuelve a un universo radicalmente diferente. “Es que… ¿quién podía imaginar lo que iba a pasar?” No, oiga. No era un ejercicio de imaginación. Ni siquiera de interpretación. Sólo era necesario algo de observación. Hubo señales desde el primer día. Cositas. Detallitos raros. Que se ignorasen por complacencia, por interés o (de nuevo) por miedo a la alternativa –una hipotética desaparición- no significa que no estuviesen ahí. Peter Lim es hoy el mismo que hace dos años. Layhoon Chan es la misma que hace dos años. Jorge Mendes es el mismo que hace dos años. Y el Valencia es el mismo que hace dos años. Las personas no cambian; lo que cambian son las opiniones y las situaciones.

El valencianismo (la especie humana, en general) funciona a base de impulsos, resistencias y atracciones. Y también supone un ejemplo de manual de psicología inversa, especialmente en lo que respecta a su entorno más bullicioso. Aquellos que deberían (si tuviesen un ápice de dignidad) echar a correr bien lejos de la capital del Turia tras contribuir decisivamente a este empastre son ahora los primeros que, cuando se les recuerda lo que hicieron, saltan indignados a decir que ellos no tienen culpa de nada, que la culpa es de otros, que esto no era “lo que habían prometido” (sic) y tal y cual. En el extremo contrario, aquellos que presentaron dudas razonables y argumentadas al desembarco cual elefante en cacharrería del “modelo sajón” en el club, y las expresaron con afán constructivo y educación, arrastran los pies en una letanía de remordimientos por no haber hecho más, por no haber hablado más alto y más claro, melancólicos por no haber sido más tajantes, por dejarse llevar por el colectivo para no buscarse problemas debido a su disidencia. 

Culpables que dicen a voz viva sentirse inocentes, inocentes que por dentro se sienten culpables. La lógica dice que los azotes morales y verbales deberían ir a los primeros y perdonarse a los segundos, pero las masas tienen ese fallo sistémico: que los elementos disruptivos y dañinos se confunden e infiltran con demasiada facilidad en el grupo, influenciando y destruyendo desde dentro sin que nadie pueda evitarlo.

Llegados a este punto… Vale. Nos hemos dado cuenta. Todos somos responsables de esta situación.

¿Cómo la arreglamos?

Nótese el uso del tiempo verbal: primera persona plural. No nos preguntamos cómo deben arreglarlo ‘ellos’, tercera persona plural, los rectores del club. No lo hacemos porque ‘ellos’, los rectores del club, ya han demostrado que en solitario son capaces de liarla parda. Que sólos no pueden. Que, por cuenta propia, escogen el absurdo camino de reincidir en errores de directivas anteriores que no tenían ni tantos medios ni tanto dinero para (mal)gastar a su disposición. Que, yendo a su bola, son capaces de imitar fielmente algunas de las infamias y cagadas que Juan Soler y adláteres perpetraron para meter al Valencia en un agujero negro de 500 millones de euros. Sólos no pueden. Lo han demostrado. Así que tendremos todos que echar una mano si queremos salir de una vez de ese círculo vicioso en el que el club lleva instalado toda su etapa moderna.

Voy a partir de la base de que esta plantilla va a tener la suficiente vergüenza torera como para ganar un partido o dos que aseguren la categoría. Centrémonos en junio. Asumamos, en primer lugar, que Peter va a seguir haciendo lo que le salga de los Singapures. El proverbial gato es suyo. Por tanto, todos los movimientos de mercado de los que se habla y se hablará de aquí a verano van a seguir supeditadísimos a la manera en que el máximo accionista se despierte esa mañana. Conoce perfectamente lo que pasa en su empresa (basta con ver jugar un rato a su equipo), así que su inacción sólo puede interpretarse de dos formas: o no sabe cómo arreglarlo, o le da igual arreglarlo. Lo primero acojona… pero lo segundo acojona todavía más. El primer paso para salir del hoyo es convencerle (o convencer a sus subalternos para que hagan lo propio con él) de que, tras escoger a dedo a dos entrenadores y pegarse dos hostias de tamaño universal, quizá no sepa de fútbol tanto como cree. Y que, quizá, debería delegar en gente que sí sepa.

La gente que sí sepa debe escoger un entrenador con experiencia, que rompa la dinámica de los últimos quince años (sólo Valverde vino sin la ‘L’ pegada a la luna trasera) y sepa manejarse en ambientes complicados. Luego, debe hacer un profundo análisis de la plantilla que tienes en la actualidad y pensar no en lo que han dado al Valencia, sino en lo que pueden dar al Valencia. Deben instaurar orden en una caseta desordenada, en la que el ‘sálvese quien pueda’ se convirtió en trending-topic hace ya muchos meses. No tienen agallas y les da igual todo. Castigar las tropelías y premiar la implicación, la seriedad y la identificación con un escudo. Vender, renovar y fichar no en base a caprichos, sino en base a un plan elaborado y con sentido común. Dejar de ser el comprador más tonto del mercado al que se le caen las monedas de oro por el agujero del pantalón. Llevar a cabo ese autoanálisis crítico sin cortapisas del que hemos hablado en muchas ocasiones y que, a día de hoy, no se lleva a cabo por miedo al despido, por miedo a las consecuencias. Todavía está por existir el club autoritario y dictatorial en el que se alcance el éxito. Si el “modelo sajón” de Meriton va a ser este, estamos condenados a sufrir.

Y ni siquiera hemos puesto la lupa en Paterna, los dislates y golfadas que se están cometiendo este año en la cantera y la política de tierra quemada que puede afectar al desarrollo futuro del club a dos, cinco, diez años vista. Cuando acabe la temporada, será el momento de hacer balance. Hay figuras con mucho nombre que no salen bien paradas.

Por encima de todo, nuestra obligación para arreglar este desaguisado es usar la cabeza y tirar de lógica para evitar incendios de propagación semanal o diaria. Concluir que, al no haber entrado en Europa –que el plan de negocio de Meriton fuese irreal en primera instancia es debate para otro momento- va a obligar, forzosamente, a adelgazar la plantilla tanto en cantidad como en calidad de jugadores y salarios. Lógico. Que, tras una temporada de mierda, sólo tres o cuatro futbolistas tienen el mercado suficiente como para generar ese extra de liquidez necesaria para compensar el batacazo clasificatorio. Lógico. Que Lim, tras inyectar cien millones en diciembre, no parece estar por la labor de seguir metiéndole pasta al juguete (bastante hace con cumplir con los plazos firmados con Bankia y evitar que el club necesite la bombona de oxígeno permanentemente). Lógico. Concluir, por tanto, que es muy difícil corregir el rumbo cuando los oídos de quien conduce están tapados. Y recordar, del mismo modo, que la de Mestalla suele ser la única voz que se escucha con nítida claridad a lo largo y ancho del mundo.

Señor Lim, la predisposición fue y es buena. Ha habido y hay paciencia (cada vez menos). Queríamos y queremos ayudarle. Deje, pues, de cagarla. Deje de tensar la cuerda.

Déjese ayudar.

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