Cuestión de percepción

La percepción hacia el club que se tiene dentro y fuera de la capital del Turia es tan diametralmente opuesta que uno acaba preguntándose cuál es la verdadera (…) Desconozco si vivir en la inopia externa de ese equipo resultón, simpático, alegre y que de vez en cuando le mete un buen susto a los gigantes del fútbol mundial es mucho más satisfactorio que pasarse encabronado día tras día.


Apareció la frase de marras y la cosa se nos fue de las manos. “No hay huevos”. Una boda en Bélgica, 1.800 kilómetros de distancia (multiplicados por ida y vuelta) y seis valencianos enclaustrados en una autocaravana. Material digno de ‘reality’.

Carretera y manta (al coll), los cinco días de travesía sirvieron para tomar un poco de perspectiva en compañía de ciudadanos desconocidos que, como es evidente, no están al día respecto a si Nuno y Negredo esquivan miradas como amantes despechados o de si Peter Lim invierte más o menos dinero en la capitalización del club. Aprovechamos nuestro paso por Francia y tierras belgas para hacer un pequeño trabajo de campo. Simple percepción. Seis adultos ruidosos, vociferantes, toscos en sus formas y con la carcajada siempre presente llaman (y mucho) la atención si son soltados en libertad como animalicos por el centro de Europa. “¡Españoles!” Primer asentimiento gestual. “¿De dónde?” Valencianos, de Valencia. “Ahhh, sí, sí, ¡Valencia!”

Primera conclusión: en Francia y en Bélgica nos conocen, aunque no todos sepan ubicarnos exactamente en el mapa. Respecto a los rasgos que nos atribuyen, ninguna sorpresa: paella, sangría, playa… y el Valencia CF. Ayudó bastante el hecho de contar en el grupo de Liga de Campeones con uno de los clubes galos más potentes (Olympique de Lyon) y que mayor arrastre mediático posee, y con la presencia del club revelación de la Jupiter League belga (KAA Gent), un equipo que pronto descubrimos caía simpático a todo el mundo, incluso en ciudades fuertemente marcadas por sus correspondientes equipos deportivos (por ejemplo, el Standard en Lieja).

Más conclusiones: el Valencia carece de estrellas mundiales que arrastren un seguimiento mediático por sí mismas. En Francia, los ciudadanos encuestados apenas hicieron un par de referencias a Negredo (el más conocido) o a Feghouli, por aquello del vínculo entre el país galo y Argelia. En líneas generales, y más allá de saber que un millonario es el nuevo dueño del club… ‘rien de rien’. En Bélgica, por motivos evidentes, el hombre más conocido era Bakkali. “Juega muy poco, ¿verdad? ¿Por qué?” Optamos en nuestra respuesta por omitir el hecho de que uno de los futbolistas más jóvenes y prometedores de la plantilla se había quedado fuera de la lista de la Champions por decisión de los técnicos.

En general, la percepción respecto al Valencia en Europa Central nos describe como un club alegre, vivo (los colores de la Senyera ayudan, dado que proporciona al club una identificación cromática muy particular y que lo diferencia de otras escuadras) y en el que existe una vinculación estrecha entre equipo y afición. Quizá no en primera línea como los Manchester United, Barcelona, Madrid, PSG o Chelsea, pero sí se le atribuye categoría de entidad importante. Actualmente disputa la Liga de Campeones, gran escaparate a nivel continental, y en la Liga no pierde comba con respecto a los equipos punteros (6 puntos lo separan del liderato).

Con todas estas anotaciones mentales en el zurrón, emprendimos el retorno a Valencia… y nos topamos con una realidad muy diferente.

Todo es una mierda. Desastre total, ni medio argumento para la esperanza, cataclismo futbolístico y bla bla bla… Imbuidos como estamos en el frenesí del día a día y en la cercanía que proporciona una ciudad grande en teoría pero pequeña, muy pequeña a efectos prácticos (ya lo dijo Pedro Cortés), la mala leche en el ambiente puede cortarse a rebanadas. Los motivos se originan en aquella serie de decisiones que desembocaron en el 1 de julio de 2015, pero al inestable castillo de naipes se le suman a diario cartas a medio colocar. Y cada día paga el pato alguien diferente. A veces es Nuno, otras veces el rival de turno (como el Málaga el pasado sábado), en ocasiones un futbolista señalado por la grada (esta semana le tocó a Parejo, otro de los sospechosos habituales)… Siempre alerta, siempre a la búsqueda de alguien a quien culpar.

El paradigma de aquella fractura de la que hablábamos hace casi dos años es el affaire Nuno-Negredo. Permítanme un pequeño recordatorio: “Haya venta o no (…)  el final ya está escrito. Bankia quedará marcada para siempre. Lim quedará marcado para siempre. Salvo quedará marcado para siempre. (…) Y también los pobres aficionados. Nadie se librará. Marcados para siempre. Así son las guerras”. Así, encontramos a un sector de aficionados posicionados del lado del futbolista, a otro que da la razón al técnico y a sus decisiones… y mientras, nadie tiene ni puñetera idea de lo que realmente ocurre ahí dentro. 

Porque Nuno, aparte de tedioso (cada vez más) en sus comparecencias públicas (en las que la corrección política ha ensombrecido las pequeña píldoras de verdad que traslucían de vez en cuando), se reserva sus opiniones para sí mismo y el estrecho círculo que le rodea. Es el jugador de poker que ‘pasa’ constantemente. Por su parte, el futbolista (en desventaja respecto a la figura omnipotente del míster dentro del organigrama) echa mano de sus armas dentro y fuera de la caseta para reclamar un trato más equitativo. ¿Negredo dijo una verdad con mucha educación? Sí. Ergo lleva la razón. ¿Los trapos sucios se lavan en casa, por mucho tacto que haya en las declaraciones? También. Ergo Nuno lleva la razón. ¿Tiene motivos Negredo para sentirse agraviado? Sí. La razón para el. ¿Tiene motivos Nuno para estar decepcionado con el rendimiento de Tiburator? Sí. La razón para él. Muchísimos matices en una situación tan enquistada. Muchísimos. ¿Entienden ustedes ya por qué la división en bandos a favor de uno o en contra del otro es tan absurda?

Mientras tanto, el drama deportivo se ha capeado con cierta solvencia. Hace un mes, tras un arranque dubitativo que empezaba a mosquear al personal, el lema de servidor era el de ganar como fuese y ante quien fuese, con goles de rebote, jugando como el culo o de manera inmerecida. Lo mismo daba que daba lo mismo. Y el equipo, más o menos, fue obediente hasta aquel descalabro en San Mamés. La cifra está ahí: cuatro victorias en el último tramo de cinco partidos. Sólo una de ellas por más de un gol (ante el Málaga), las otras tres de forma ajustadísima y con merecimiento discutible (ante Granada, Olympique de Lyon y KAA Gent).

A la postre, la percepción hacia el club que se tiene dentro y fuera de la capital del Turia es tan diametralmente opuesta que uno acaba preguntándose cuál es la verdadera. Tras años de militancia y seguimiento diario de la actualidad, desconozco si vivir en la inopia externa de ese equipo resultón, simpático, alegre y que de vez en cuando le mete un buen susto a los gigantes del fútbol mundial es mucho más satisfactorio que pasarse encabronado día tras día, montando guerras cruentas y montañosas a partir de anecdóticos granos de arena. El valencianismo, y por extensión el valencianista, vive desde hace tiempo en un circuito eléctrico permanente, de polo en polo, de extremo en extremo, y a calambrazo limpio por el camino. Quizá esa sea la perspectiva correcta. Quizá, como le ocurría al perro de Pavlov, hayamos interiorizado ya la bipolaridad hasta hacerla moneda común. Quizá no sepamos vivir de otra manera.

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