Los llorones somos otros

Por eso no aprenden y por eso el bucle se repite: se pasan la vida insultando y menospreciando a todo el mundo, y luego lloran porque todo el mundo se alegra de sus desgracias. Y, a renglón seguido, vuelven a insultarles.


Por regla general, las secuelas son innecesarias. Pocas veces son capaces de igualar, mucho menos superar, al original. Por eso, literariamente, las secuelas levantan sospechas a menudo. Poco puedes aportar si, ya en la primera ocasión, te quedaste sin nada más que añadir. Por eso habría que considerar el presente un texto sucesorio, una contrarréplica en tiempo y forma a las reacciones (enfurecidas, la mayoría) suscitadas la pasada semana. Pusimos negro sobre blanco ejemplos documentados, históricamente exactos, de que en Madrid era muy complicado ganar debido a factores… 'ambientales'. De paso, aprovechamos para hacer un repaso cronológico de por qué el club de Concha Espina no cae precisamente simpático por estos lares. La reacción del aficionado madridista medio (de nuevo, generalizar es malo, de todo hay) fue de indignación y virulencia, en lugar de una acogida de corte reflexivo. Sin novedad en ese frente.

La semana ha dejado más ‘perlas’, más bochorno y una ristra de doble raseros que harían estar orgulloso al más hipócrita sobre la faz de la Tierra. Futbolísticamente, el partido del sábado en el Bernabéu ya ha sido desmenuzado al detalle: un Valencia efectivo en el primer acto, un Madrid aturullado y que se topó con la madera y con Alves; y, tras el descanso, falta de cintura del equipo y de Nuno para cambiar la tendencia que Ancelotti marcó con la entrada al césped de Carvajal y Marcelo, sus dos laterales titulares. Tras el 2-2, ambos equipos tuvieron el triunfo en sus botas, pero las tablas permanecieron en el marcador.

Pero, como suele ocurrir, el partido no terminó con el pitido final. Eso sólo ocurre en Disneylandia.

DECÁLOGO DEL DESPRECIO AL RIVAL

El empate, a efectos prácticos, suponía el final de la carrera por la Liga para el Madrid. Lo tiene muy complicado, a cuatro puntos del Barcelona con sólo seis por disputarse, aunque matemáticamente todavía sea posible. Como el soldado cobarde que arroja el fusil al suelo, da media vuelta y huye despavorido de la batalla, la reacción mediática (nuestro tema de conversación favorito) no se hizo esperar. De golpe y porrazo, la Liga no interesaba. “Un premio menor”, alegaban sin pudor los más firmes defensores de Florentino y su ‘aparat’. “La Champions es la prioridad”, agregaron. Tirar la Liga y que pocos lo denuncien es una de esos lujos que sólo el sector merengue de la prensa puede permitirse. Con Jose Luis Gayà ocurre tres cuartos de lo mismo: en quince días ha pasado de ser la "joya" que el Madrid iba a birlarle al Valencia, a un tuercebotas sin nivel para jugar en el Bernabéu. Reitero: nada nuevo bajo el sol.

¿Pensaban ustedes que el Valencia iba a marcharse de rositas? Nada más lejos de la realidad. Tras el partido, ya el mismo sábado por la noche, hubo que aguantar que se cincelase sobre piedra, machaconamente, que el colegido Clos Gómez benefició al Valencia. Como lo oyen. Una ‘denuncia’ de lo más demencial y que, sin embargo, era vociferada a pulmón pleno con total convicción, sin que se les moviese un pelo del bigote. Enumerar los motivos esgrimidos da para elaborar la lista más bizarra de la historia reciente: Cristiano debió repetir el penalti por invasión del área (!), Gayà debió ser expulsado varias veces (!!), Clos Gómez fue riguroso con las amarillas mostradas a jugadores del Madrid (!!!) y, mi favorita, la reacción de un Pepe indignado por ver la amarilla (tras propinar un peligrosísimo rodillazo por la espalda a un valencianista) y protestando la decisión porque “el fútbol es un deporte de contacto”. El luso también se quejó de la dureza de André Gomes, que dio “muchas patadas”. André Gomes, violento. Perdonen, pero es inevitable echarse a reír.

La pléyade de papagayos al ‘caloret’ del dueño de ACS prosiguió con la cantinela horas e incluso días después del partido. Tanto, que el Valencia seguía protagonizando el debate cuando pasó lo inevitable, lo que siempre ocurre cuando desprecias de salida a un rival en una competición tan inmisericorde como la Liga de Campeones. Tras la debacle ante la Juventus, sesudos analistas dieron con la clave de la eliminación apenas minutos después: “La culpa de caer en Champions es del Valencia, por el desgaste que le produjo al Madrid ese partido”. Y lo decían con tono lastimero, indignado, cabreado ante semejante afrenta. Como si el Valencia hubiese pecado, cometido un sacrilegio imperdonable por no entregar armas a las puertas de Chamartín y encajar obedientemente una goleada con la que marcharse, radiante y contento, de vuelta a su ‘Levante feliz’ que tanto les gusta imaginar en la capital.

COSAS QUE EN MADRID SON ‘BIEN’ Y EN VALENCIA SON ‘MAL’

Durante años hubo que escuchar la cantinela mediática desde la capital (“estos del Valencia, siempre con sus líos”), aprovechando etapas oscuras como la de Juan Soler; sucesos oscuros como el tijeretazo que Koeman le pegó a las carreras deportivas de Angulo, Cañizares y Albelda; y tramas oscuras como la de Dalport. Incluso recientemente se aprovechaba la figura de Peter Lim para ridiculizar, hacer chanza y menospreciar a una entidad por la que no sienten ningún aprecio y, lo que es más, tampoco hacen esfuerzo en disimularlo. Mejor para todos. Madrid era un mar en calma, a su juicio, mientras la Comunitat Valenciana, “ese nido de corrupción” (sic), ese “Levante feliz” (sic), navegaba de tormenta en tormenta, unas veces el Valencia, otras veces el Levante. Que el Madrid saliese escaldado de vez en cuando al pisar Mestalla u Orriols no fue más que un motivo más para atizar a la menor oportunidad.

Todo son risas con la paja en el ojo ajeno hasta que la viga en el ojo propio empieza a provocar un ligero cosquilleo. Puedes ignorarla un tiempo, hacer como que no existe. Pero las alfombras sólo permiten esconder una cantidad limitada de basura debajo de ellas. Todo acaba saliendo. Acaba saliendo Púnica y sus vínculos con Florentino, confirmando la teoría de que el Madrid paga (generosamente, además) para que hablen bien de él. Acaban saliendo los canteranos en situación legal dudosa, esa ‘nimiedad’ que ha dejado al Barça un año sin fichar. Acaba saliendo el egoísmo de Cristiano, la estrella estrellada que abandona a la carrera el césped sin dar la cara ante su gente, para ser disculpado a posteriori alegando que “fue el que más lloró” en el vestuario tras caer ante la Juve. Acaba saliendo el odio vertido lentamente, cual veneno sibilino, por Mourinho durante su estancia en Chamartín.

Repetimos: una entidad como el Real Madrid y cualquiera de sus aficionados merecen un nivel de respeto total, como cualquier equipo de fútbol y su hinchada. Sin embargo, han acabado pagando los desmanes del ejército de paniaguados, mojabragas y estiralevitas que componen su entorno mediático más rimbombante. Un entorno dañino por sí mismo y que enfurece y menosprecia al resto de clubes españoles por igual, que maneja hilos y dicta sentencias, que diferencia entre lo que está bien y lo que está mal en función del club que protagonice el hecho. 

Un entorno que está haciendo su agosto desde hace años con la persecución a Iker Casillas, una leyenda del fútbol español al que se insulta semanalmente desde su propia casa, dentro del propio terreno de juego. Aquí en Valencia hemos vivido ejemplos claros de desamor (David Albelda), pero con la madurez necesaria para saber separar: el mediocentro tuvo, tiene y tendrá defensores y detractores, pero el debate casi siempre tuvo lugar en el ámbito extradeportivo. Cuando pisaba el césped de Mestalla defendiendo los colores de la camiseta valencianista, el apoyo fue mayoritario. ¿Recuerdan ustedes lo que se dijo cuando hubo pitos para él? Yo sí lo recuerdo. Y por eso veo lo de Casillas ahora y me sorprendo de lo mucho que ha cambiado el cuento para los popes de la comunicación en Madrid.

Más ejemplos recientes: Álvaro Morata marcó y no lo celebró, un gol clave que le daba el pase a toda una final de la Champions. No lo celebró como muestra de respeto y agradecimiento al club de su corazón. Apenas se ha reseñado tras el partido; es más, una parte del estadio insultó a un chico cuyo único pecado fue el de hacer su trabajo. Ni media palabra. Sin embargo, en Madrid se puso el grito en el cielo cuando la pasada temporada la grada de Mestalla hizo la cruz a Unai Emery por rebozarse como una croqueta en el césped del estadio tras un golpe de fortuna futbolística. En una semifinal de Europa League, que no es precisamente la Champions. Y con el agravante de tener la insignia de oro y brillantes de la entidad en la alacena de su casa. Una vez más, críticas a la vilipendiada afición blanquinegra (“qué injustos son con Unai”), ‘silenzio stampa’ a lo sucedido en Chamartín. Dar lecciones es maravilloso, ¿no creen?

TODO POR LA AUDIENCIA

A la postre, el mejor resumen al sentimiento de injusticia mediática que sienten los valencianistas y gran parte de las hinchadas españolas sí que puede medirse tangiblemente. Lo tienen reflejado, números en mano, al día siguiente de cualquier batacazo madridista. Y, dulce ironía, son los propios directores de programas como “Los Manolos” o “El Chiringuito” los que presumen de números, de récords históricos, de porcentajes de ‘share’ por las nubes. Subidas de audiencia tremendas causadas por seguidores de otros clubes, machacados por tanta propaganda diaria y que, en la noche de autos, disfrutan sintonizando lo que a efectos prácticos es un tren en pleno descarrilamiento.

Un 'hara-kiri' televisado que detalla la desintegración moral y anímica de personajes abrasivos, dañinos, fanáticos, irrespetuosos con todo aquello que no huela a merengue. Los mismos que se indignan y se revuelven verbalmente cuando en muchas partes de España se alegran de las derrotas del Madrid, de los incendios en la Casa Blanca. Por eso no aprenden y por eso el bucle se repite: se pasan la vida insultando y menospreciando a todo el mundo, y luego lloran porque todo el mundo se alegra de sus desgracias. Y, a renglón seguido, vuelven a insultarles.

Pero claro… Los llorones, recuerden, somos otros.

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