Dos velas negras

Que suceda una vez es circunstancial, mala suerte; que ocurra varias, un problema estructural, de fondo. Para Rodrigo, la letra entrará con sangre igualmente: perderse el choque en el Bernabéu es más que doloroso para un delantero que busque lucir en un gran escenario.


El Valencia no tiene suerte últimamente. Matizo: el Valencia no tiene suerte cara a portería últimamente. Pensaba que el Camp Nou iba a ser el referente esta temporada a la hora de explicar, con ejemplos concretos, la incapacidad del equipo a la hora de concretar un vendaval ofensivo contra un rival de prestigio. Apenas un par de semanas después, nos toca apuntar Vallecas en la lista de estadios gafados. Ver para creer.

La temporada está siendo rara. Particular, cuanto menos. Mucha novedad en verano, un gran fichaje (por volumen de dinero invertido, 25 ‘kilazos’) en Navidad y encaje de bolillos permanente a manos de un técnico debutante. Con el horripilante asterisco de la eliminación copera, el papel en Liga hasta el momento es notable. Pero falta la puntilla. Y este Valencia bipolar nos confunde semanalmente con una retahíla de contrastes demenciales: cuanto mejor fútbol hace, menos goles anota. Verbigracia: 4-0 a medio gas ante un Granada desahuciado, y el desesperante 1-1 en Vallecas tras un partido bueno en líneas generales, pero sin el premio de la remontada como guinda.

Que hay un problema de puntería es evidente. No sólo respecto a los delanteros, sino al equipo en general. Las goleadas en Mestalla han ayudado a soterrar el problema parcialmente, pero ya hemos recalcado en numerosas ocasiones que casi siempre llegan ante escuadras que previamente han entregado armas a las puertas del estadio y muy inferiores a nivel individual y colectivo. No son, por tanto, piedras de toque válidas. Si lo son, en cambio, equipos como el Barcelona (poderosos, implacables, de nivel mundial) o partidos como el de Vallecas, en un contexto de máxima presión en la clasificación y necesidad imperiosa de ganar. En unos casos por rival, en otros por contexto. Sea como sea, el Valencia no mete cuando lo necesita. Y eso, como decíamos, es un problema gordo.

“Es mala suerte”. Sí, pero no. “Nuestros atacantes no están al nivel”. Sí, pero no. “Cuando entre uno, entrarán todos”. Sí, pero no. Ninguna vela negra, pata de conejo, ristra de ajos o bola de cristal es capaz de revertir por sí misma la situación. Seamos serios. El análisis debe ir un poco más allá. De nada sirve sacar a relucir los números de Griezmann, que lleva en Liga más tantos que tus tres delanteros juntos; o hacer cábalas respecto a los puntos que llevaría el equipo si su pólvora no estuviese humedecida (pista: tampoco demasiados más, cuatro o cinco a lo sumo).

Quizá invertiríamos mejor el tiempo repasando por qué en los veinticuatro minutos en los que Alcácer y Negredo coincidieron en el terreno de juego, apenas combinaron dos veces dentro del área. Una de ellas, por cierto, con una dejada de pecho de Álvaro para que Paco fusilase, aunque la acción se perdió tras rechazar en un defensa. Ya de paso, también podríamos analizar por qué Nuno tardó tanto tiempo en hacer los cambios cuando estaba claro, ya desde el descanso, que necesitabas toda la artillería disponible sobre el verde. En el baloncesto, esta escuela tan ‘PhilJacksonesca’ (“ya que estos jugadores son los que han cometido el error, que sean ellos mismos los que arreglen la papeleta”) viene marcada por la decisión consciente de no pedir tiempo muerto para cortar una sangría evidente; en el caso de Nuno, en pocas o ninguna ocasión hemos visto este año que las modificaciones lleguen antes de la hora de partido. El portugués incita a los propios titulares a que enmienden la plana, sin mover ficha. Algo especialmente desesperante cuando hay que remontar un resultado adverso, como sucedió ante el Rayo.

Se dirá que el Valencia tiene mala suerte cara a gol, pero lo cierto es que el Rayo manejó bien el partido en la primera mitad, especialmente tras ponerse por delante. El error de Alves, en el que influyó un fallo técnico (no colocar el cuerpo tras el cuero) aumentado por el intenso sol en esa portería, fue un mazazo para una escuadra acostumbrada a la infalibilidad del guardián de su arco. Y eso, con la Champions en juego, no se puede tolerar.

Se dirá que el Valencia tiene mala fortuna cara a puerta, pero la verdad es que instantes antes del empate, el juez de línea echó un cable al no señalar fuera de juego de Negredo antes de la expulsión de Morcillo. La reglamentación es clara: el ‘Tiburón’ molestaba al defensa Ze Castro, por lo que influía en la acción. Offside de manual. Como solemos decir, para poder protestar cuando te perjudican los árbitros, hay que apuntar también aquellos lances (esporádicos) en los que te benefician.

Se dirá que el Valencia está gafado entre los tres palos, pero nadie puede justificar la absurda expulsión de Rodrigo. Da igual que Vicandi Garrido sea un árbitro deficiente, por mucha buena prensa que le preceda como gran promesa del arbitraje vasco. Sus padrinos le delatan. Pero en esa jugada, ejerció de perfecto cómplice de Toño: el portero puso el cebo, Rodrigo picó como un novato y Vicandi ejecutó la sentencia. En pleno arreón del Valencia, el lance desactivó la culminación de la remontada.

Sí, se dirá que el Valencia tiene la negra… pero lamentarse no proporcionará ningún billete para la Liga de Campeones. Ganar partidos, por el contrario, sí lo hará. El pleno de victorias no es una quimera. Cuatro de cuatro. 

Toca bajar al barro y pelear. Con todo lo que tienes.

BREVE APUNTE SOBRE RODRIGO MORENO

¿Qué hacemos contigo, Rodri? Son días en los que el respetable exige sangre, que lo cuelguen del palo mayor, regalar al chaval una caminata por el tablón de madera hasta caer al agua y ser pasto de los tiburones. El aficionado valencianista no quiere castigar el error, sino la reincidencia. De nuevo, cayó en la trampa. De nuevo, su autocontrol pecó por su ausencia. Por tercera vez esta temporada, el hispano-brasileño dejó a sus compañeros con un hombre menos (en este caso, igualando los diez hombres con los que jugaba el Rayo) en un momento delicadísimo para el equipo. Pasó contra el Getafe, ocurrió ante el Rayo en la Copa y volvió a suceder el jueves.

En más de una década de profesión jamás he condenado a un jugador por un error, y no voy a empezar a hacerlo ahora. Sí que soy partidario, en cambio, de que el club tome medidas. Un deporte tan profesionalizado y en el que hay un código de régimen interno en cada club (código GloVal en el caso del Valencia) debe llevar al jugador por la senda correcta dentro y fuera del campo. Y si hay castigos ejemplares para aquel que llega tarde a un entrenamiento de manera reiterada, también debe haberlos para el hombre que deja al equipo en inferioridad una y otra vez con acciones fuera de lugar, chiquilladas impropias de un deportista de élite.

Que suceda una vez es circunstancial, mala suerte; que ocurra varias, un problema estructural, de fondo. Para Rodrigo, la letra entrará con sangre igualmente: perderse el choque en el Bernabéu es más que doloroso para un delantero que busque lucir en un gran escenario. Pero, más allá del ámbito psicológico (tarea de Nuno y sus colaboradores), el club debe trazar una línea también para el comportamiento deportivo dentro del terreno de juego. Sólo así sería consecuente con el mensaje que Amadeo Salvo lanzó en su primer año de mandato, y que tuvo en la salida fulminante del impresentable Adil Rami a su máximo exponente. La clasificación para la Champions esta temporada estará en los detalles, y el Valencia no puede permitirse descuidarlos.

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