La catarsis de Tiburator

En un recinto multitudinario, con 50.000 personas coreando tu nombre, el tiempo se detiene y se hace el silencio durante un instante, ese segundo de catarsis e introspección apoyado en el hombro de tu compañero


Apenas llevabas un rato sobre el campo, y el bagaje eran un par de contactos con la pelota. Poco, muy poco para lo que estás acostumbrado. Ni siquiera te había dado tiempo a probar las habilidades de tus defensores, un Ramis al que conoces de sobra (muchos Mallorca-Sevilla a tus espaldas) y un Vyntra del que sabías que no estaba teniendo un buen año. Desde la distancia, a cuarenta metros, te fijaste cuando Antonio controló sin oposición y levantó la cabeza desde el costado. Como un resorte, todos los músculos de tu cuerpo se tensaron con esos automatismos que sólo años y años de oficio son capaces de inculcar. La pelota volaba en tu dirección, pero tu cabeza ya había dibujado la jugada.

La acción transcurrió a cámara lenta. O quizá tus movimientos fueron rápidos, eléctricos. Sólo sabemos que, en un microinstante, colocaste el tronco en el ángulo preciso, embolsaste la bola con el pecho, diste tres pasos mientras el cuero impactaba en Vyntra, diste otros tres para acomodar el cuerpo de costado y soltaste la zurda en escorzo, un remate tan difícil que el balón cayó en una ‘folha seca’ ante la que nada pudo hacer Mariño. Control, corrección, definición. Un gol en tres tiempos. Un gol de tres pares de cojones.

EL FICHAJE

Ahora que atraviesas una mala época, recuerdas días más felices. Recuerdas, por ejemplo, la ansiedad con la que viviste aquel final de mercado, la tensión de los minutos finales a la espera de la firma en el contrato definitivo. Recuerdas lo ocurrido horas después, cuando trece mil locos se dieron cita en Mestalla para recibirte cual emperador del gol, aunque todavía la cojera te impidiese caminar con normalidad. Fue, como dijo un amigo, el recibimiento propio de un hijo pródigo a alguien que jamás había vestido de blanquinegro: el cariño demostrado por la hinchada fue el reservado para los grandes ídolos, y ese afecto te fue concedido desde el primer minuto en Valencia. La química con Mestalla era y es especial.

Quizá sea porque esta afición te ha visto meter goles y goles durante años y años, de todos los colores, de todos los sabores, con la zurda, con la derecha, de cabeza, en plancha, de volea, en jugada individual, al primer palo, de libre directo, con el pecho… Y siempre, desde la distancia. Incluso en ocasiones, en el bando rival: aún escuece aquella derrota en Nervión en 2013, aquellos cuatro tantos incontestables de chilena, de penalti, en boca de gol. Con todo, es imposible olvidar la vergüenza de arbitraje padecido por los de Valverde. Aquella noche fuiste ejecutor, sí, pero Clos Gómez se había reservado para sí mismo el estelar papel de verdugo.

LA EMOCIÓN

Termina el ‘flashback’ y regresamos a Mestalla. Minuto 93. Acabas de hacer uno de los goles de la jornada, pero nadie lo diría mirándote a los ojos. Estás ausente. Levantas la mano rápidamente y besas tu muñeca, en un gesto casi instintivo, una dedicatoria, un guiño a quienes tú sabes. Inmediatamente aparece Rodrigo para cogerte la cabeza, consciente de lo complicadas que están siendo estas semanas. Estás en tus cosas, pero más de una vez has pensado en lo joven que es. Lo joven que es Paquito Alcácer, una suerte de hermano pequeño con toda la vida deportiva por delante, o tu amigo Rodrigo de Paul. Lo jóvenes que son la mayoría de tus compañeros, quienes suelen mirarte con admiración y tomarte como ejemplo. Tiene que llegar otro veterano en mil batallas como Javi Fuego para percatarse de lo que ocurre.

Te agarra con fuerza y te abraza. Sólo tú sabes lo que te dice, pero te obliga a apretar la cara contra su hombro, en uno de esos momentos de debilidad que hasta el hombre más duro atraviesa alguna vez. También Vezo llega a la carrera mientras, en el banquillo, dos ‘niños’ como Alcácer y André Gomes se han puesto en pie para aplaudir, maravillados, la obra de arte que acaban de ver. En un recinto multitudinario, con 50.000 personas coreando tu nombre, el tiempo se detiene y se hace el silencio durante un instante, ese segundo de catarsis e introspección apoyado en el hombro de tu compañero. Las palmadas de Javi en la espalda, con brío, te sacan del trance. La realidad recupera su velocidad normal y, tras recibir otra carantoña de Parejo, corres al banquillo a abrazar a Paco, a André, a tu amigo Yoel. Estás flojeando, las emociones se acumulan y amenazan con desbordarse todas de golpe. Escuchas el silbato del árbitro y corres sin mirar atrás buscando el refugio del túnel de vestuarios. Una vez dentro, te obligas a ti mismo a respirar hondo y a recomponerte.

LA FAMILIA

Seguramente, estás viviendo el año más duro de toda tu carrera profesional. Todo empezó con ese maldito dedo del pie, ese que todos nos hemos golpeado alguna vez contra un mueble estratégicamente ubicado para provocar una retahíla de insultos y un dolor infinito. Te operaron en un verano repleto de incertidumbre, en una ciudad en la que nunca te sentiste uno más. Cuando se abrió la pequeña rendija por la que escapar, no lo dudaste: Valencia y su ambicioso plan de futuro era el destino ideal. Tú eras una bandera en busca de proyecto, y el club era un proyecto en busca de bandera. Aterrizaste como ídolo de masas, pero al día siguiente la piscina aguardaba inmisericorde, al igual que los fisios y las pesas. Fueron dos meses aterradores para cualquier jugador. No importaba: el ansia de jugar y gustar ayudaban a hacer más llevadera la recuperación.

Llegó el debut. Los primeros minutos oficiales. Las ocasiones de gol. El punto de mira desviado. Las dudas y los problemas físicos derivados del deportista que no ha tenido la opción de completar una buena temporada. El guión soñado en verano, una vez alcanzado el ecuador de la temporada, se había torcido de manera incomprensible. Todos los analistas coincidían: tu fútbol destilaba esfuerzo, ganas de agradar, movilidad, juego de espaldas, capacidad rematadora, generación de espacios… pero faltaba la guinda de perforar la red. Tus compañeros te echaban capotes a menudo, pero no bastaba. Incluso tras ‘mojar’, no sonreías: también te supieron a poco los tantos desde los once metros ante Granada y Getafe. Sólo el gol clave ante la UD Almería en enero sirvió para recordar aquella añeja sensación de euforia, de alegría plena, de contribuir decisivamente a un triunfo.

Luego está el ‘coco’. El particular Tío del Mazo que escapa del ámbito ciclista para también acosar al futbolista profesional. La mentalidad ambiciosa del ganador que no triunfa, la del tigre enjaulado, la del tiburón encerrado en una estrecha pecera. Dicen que se juega como se entrena, pero sabes perfectamente que, en realidad, se juega como se vive. Y no estás teniendo un año fácil en lo personal. Lo sabemos, y lo respetamos. Tus compañeros lo saben y te han tendido la mano en todo momento. Ese vestuario repleto de novatos, de tipos que apenas empiezan a competir en la élite, que estaba destinado a fijarse en ti y a tenerte como referente… está siendo tu segunda familia, tu principal punto de apoyo cuando arrecia la tormenta. Tiran de ti para sacarte de ese pozo de dudas, de mala leche cuando vienen mal dadas o cuando lees los nombres de posibles delanteros en la prensa, porque saben que tú tendrás que hacer lo mismo en los momentos de debilidad del equipo. Un rol que aceptarás sin reservas ni vacilaciones, porque hace tiempo que demostraste no tener miedo a agarrar la bayoneta e ir a la guerra liderando a tus tropas. Con juego, con fútbol, con huevos y con goles.

EL FUTURO

Por esto, querido Tiburator, eres ídolo en Valencia desde el primer día. Porque tienes ‘eso’, el brillo especial de las estrellas, esa calidad innata, esa mística de los grandes depredadores del área capaces de cambiar una jugada, un partido, un torneo en un fogonazo. Una cualidad que escasea, sólo detectable en los elegidos. Hay buenos jugadores, hay jugadores importantes, y luego están los ‘cracks’. Nadie duda de lo primero, ya eres y serás referente en el segundo apartado y, futbolísticamente, te incluiría en el tercer grupo con los ojos cerrados.

Así que aprieta los colmillos, los tres mil dientes que los Grandes Blancos despliegan como un ejército de cuchillas prestas a despiezar a su presa. Restan dos meses de competición en los que tus actuaciones y goles pueden ser (y seguro serán) más que importantes, decisivas para obtener un billete para el centro del universo Fútbol llamado Liga de Campeones. Será difícil, pero toca abstraerse de todo lo que no sea césped, compañeros, equipo, linimento, vendajes compresivos, olor a cuero y gloria al alcance de los dedos. Y el año que viene, ya con Europa en el bote… El año que viene el Gran Blanco volverá por sus fueros. Con pretemporada completa, la mente limpia, un rol de importancia en la plantilla desde el primer entrenamiento. Un tipo así de bueno está destinado a triunfar aquí. Todos los creemos firmemente.

Créelo tú también.

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