¡No disparen al pianista!

Los once intérpretes modernos, no me cabe duda, saltan a su particular ‘saloon’ cada domingo dispuestos a tocar con la mayor de sus ilusiones. No les disparen por diversión o de forma arbitraria. Escojan bien sus argumentos.


Toca remontarse a Leadville, Colorado, para encontrar una de aquellas gemas que Óscar Wilde extraía habitualmente de sus excéntricas vivencias. Corría el año 1882 y Wilde había llegado a esta localidad minera del Centro Este americano acompañado de su agente de viajes y con una fuerte resistencia por parte de los pueblerinos: cualquier ejemplar de flora o fauna autóctona portaba consigo un revólver en el cinturón, a lo cual el escritor irlandés bufó como respuesta que nada de lo que le hicieran a su acompañante "podría intimidarle". Sí, Wilde era un guasón.

Con el habitual descuido por su propia integridad física, Wilde realizó la visita obligada en aquellos tiempos al 'saloon' de la localidad, presto a sumergirse en los placeres líquidos de una licorería a buen seguro infame, en consonancia con el entorno que la rodeaba. Allí, en medio de la nada, en uno de los muchos tugurios a los pies del Gran Cañón, explica el dramaturgo que se dio de bruces con "el único método racional de crítica artística" con el que se toparía en toda su existencia: un cartel plateado ubicado en un rincón junto a un viejo y destartalado piano con un texto tan sencillo como elocuente.

"POR FAVOR, NO DISPAREN AL PIANISTA. LO HACE LO MEJOR QUE PUEDE."

Dicha cartelería se convirtió en habitual en la década de 1870 en los salones de toda Norteamérica, recién salidos de la brutal Guerra de Secesión cuyos ecos todavía retumbaban a lo largo y ancho del continente. El cine acabaría reflejando, muchos años después, la arbitrariedad y violencia de aquella sociedad de gatillo fácil y pocas preguntas, siempre con un cabeza de turco a mano, siempre dispuesta a disparar primero y cuestionar los motivos después. Ser pianista de bar era una actividad de riesgo a todos los niveles: una mala actuación podía resultar en un disparo por la espalda como 'recompensa' de un vaquero borracho y de oído fino; tocar como los ángeles, del mismo modo, no te blindaba ante balas perdidas en mitad de las habituales reyertas que acababan con sillas y mesas por los aires y múltiples muertos y heridos. El sueño húmedo de cualquier enterrador, cinta métrica en ristre para medir la envergadura de sus futuros 'clientes'.

Siglo y medio después, Valencia sigue teniendo ese particular toque añejo americano tan adorable y, a su vez, incomprensible. Los abrevaderos y caballos de las Montañas Rocosas han sido sustituidos por gasolineras -cada vez más imposiblemente caras- y coches de todo pelaje, del mismo modo que los sombreros de ala ancha dieron paso a los gorros y bufandas típicos de los fines de semana invernales. Ya no hay 'saloons', pero sí bares y estadios. Y la misma necesidad de buscar culpables y pegarle el proverbial tiro al primero que pase.

Tres partidos con mal juego y una derrota -¡una derrota!- han sido suficientes para sacar al forajido pistolero que muchos llevan dentro. Ese que requiere, que necesita imperiosamente colgarle el muerto a alguien, buscar un culpable único, a ser posible una víctima indefensa y fácil de abatir. En el deporte más colectivo de todos, en el que once individuos son protagonistas a nivel grupal, existe un empeño patológico en encontrar a toda costa un culpable, dos, tres a lo sumo, en los que cargar todo el peso del fracaso.

El tiroteo es especialmente sangriento en semanas postderbi con una derrota que digerir. Mucha munición gastada, producto de la frustración y el cabreo por la humillación ante el vecino. Aún así, resulta sencillo repeler balazos huecos, descargados de la pólvora que da la razón o la argumentación lógica. Los disparos a bocajarro, basados en fobias personalísimas, excusas serviles y poco conocimiento de los códigos futbolísticos, quedan atrapados en el chaleco antibalas de los hechos. De los números. Del análisis objetivo, libre del bufandeo.

Esta semana le ha tocado pasar por la banqueta del pianista a tipos como Pablo Piatti, cuadriasistente y autor de dos tantos hasta la fecha en Liga. Tipo honrado y trabajador donde los haya, no estuvo bien el pasado domingo, al igual que el resto de sus compañeros. Sin embargo, la escopeta siempre permanece cargada alrededor de su choza, y basta el mínimo bajón en su rendimiento para dar vía libre a una cacería desproporcionada con el argentino en el punto de mira. Es la tendencia convertida en costumbre de negar el pan y la sal a un jugador que cometió el error imperdonable de callar y trabajar, agachar la cabeza y asumir un rol residual, luego puntual, luego secundario y finalmente protagonista. Todo a pulso, a base de currar. Y sin alzar la voz. Los mismos que balacean a Pablo cada vez que afloja son los que otorgan omnipotencia en sus decisiones a Nuno Espírito Santo. Y eso les confunde. El hecho de que el técnico apueste por el pequeño Piatti cada semana provoca un brutal cortocircuito a su endeble imagen mental de lo que debe ser el Valencia. La respuesta es rápida y mortal: una furiosa lluvia de balas verbales a un tipo que, como aquellos pianistas, se lo deja todo en cada actuación.

El caso de Antonio Barragán podría considerarse prácticamente calcado. Ante el Levante no puso ni un centro bien, ni siquiera decente: siguiendo con en el paralelismo, desafinó siempre en la nota final de cada canción. Pero realizó un correcto trabajo defensivo en su costado. Mismo axioma: si Nuno lo pone, será por algo. En una terna de laterales diestros en la que Joao Pereira sigue formando parte de la plantilla -algún día hablaremos de ese asunto- y con un chico con condiciones y físico potente como Cancelo en la reserva, el propietario del 'saloon' apuesta por el mismo hombre de acento sevillano para tocar el piano semana tras semana. Habría que ver, por tanto, a esos pistoleros apuntando con su revólver al dueño del bar. Dudo que estuviesen tan resueltos a apretar el gatillo.

El bestiario 'ad infinitum' de críticos avillanados cuenta con otros damnificados como Parejo -al que se le aplicó el 'jarabe de palo' conforme crecía la importancia de André Gomes en la medular, pero al que se le ha echado de menos en las últimas jornadas, Nuno el primero-, Javi Fuego -la cabra tira al monte y el trabajo ingrato y sacrificado que simboliza el asturiano jamás tendrá el reconocimiento que merece- o Feghouli. En cambio, existen hombres con cierta inmunidad a la crítica, circunstancia de la cual hay que alegrarse dado que, en caso contrario, cada derrota se vería sucedida por una escena 'gore' con infinidad de cadáveres deportivos y tierra quemada a varios kilómetros a la redonda.

No seré yo el que incurra en el error que aquí se está denunciando, así que no señalaré que a tipos como a Alcácer les viene bien ser de la tierra para esquivar cualquier balazo; que Negredo tiene todavía un par de partidos de margen mientras recupera el ritmo competitivo; que Mustafi y Otamendi también son humanos y pueden fallar, como sucedió en el 1-0 el pasado domingo cuando Casadesús dejó 'clavado' al alemán… En el caso de Rodrigo, el chaleco antibalas cada vez es más delgado y algún proyectil ya ha hecho diana en las últimas semanas. Nadie duda de su calidad futbolística; muchos lo hacen de su actual rendimiento. Pero la crítica, en este caso, pierde por el camino su carácter furibundo para quedarse en un mero tirón de orejas, tibio, puntual a lo sumo. Como mucho, alguna voz aislada que pide jarabe de banquillo para que espabile. Puede que, a fecha de hoy, sólo Diego Alves tenga derecho a salir sin un rasguño del fuego cruzado, tras haber ganado con su esfuerzo y paradones la inmunidad a lo largo de tres temporadas repletas de sobresaltos bajo palos.

En el fútbol, como en la vida, hay clases y clases. Críticas y despellejamientos públicos se ciñen a una curiosa política de ocultación basada en pelar siempre a las mismas ovejas -que ciertos hinchas se empeñan en pintar de negro- mientras se deja que crezca la lana en el resto del rebaño. Un modus operandi que sólo conduce al autoengaño y a la espiral decadente en la exigencia a todo el grupo, entrenador incluido. ¿O tampoco puede decirse en voz alta que Alcaraz ganó el duelo táctico en Orriols? ¿O debemos malpensar y analizar por qué aquellos jugadores más criticados en los desastres colectivos de la plantilla comparten, casualmente, el 'pecado' de haber sido fichados en la época de Braulio Vázquez? Justicia, señores. Ganan todos, pierden todos.

Privar al aficionado al fútbol, valencianista en este caso, de jugadores fetiche y hombres con la cruz puesta supondría arrebatar al aficionado uno de sus pasatiempos favoritos. Como clientes, siempre tienen la razón. Sí se puede rogar, como hacía el dueño del 'saloon' en la narración de Wilde, que el profesional de la información pondere sus fobias y las contraste con datos reales, estadísticos, y también con las sensaciones que emanan del vestuario. Esas que indican que, por el momento, la plantilla confía en su entrenador y que el sentimiento es mutuo. Y que, a fecha de hoy, Nuno cree que sus chavales transitan la senda correcta que debe llevar a conquistar éxitos a final de temporada. La crítica futbolística debe ser eso, futbolística, y no servir de pretexto para acribillar a un objetivo marcado desde hace años. Sólo así podrá este club crecer en positivo de una maldita vez.

El "lo hace lo mejor que puede" de aquel cartel a finales del siglo XIX podría equipararse al "quien lo da todo, no está obligado a más" de la jerga futbolística contemporánea. Los once intérpretes modernos, no me cabe duda, saltan a su particular 'saloon' cada domingo dispuestos a tocar con la mayor de sus ilusiones. No les disparen por diversión o de forma arbitraria. Escojan bien sus argumentos. Y, recuerden, esos pianistas tienen unos superiores en el local. Recuerden también que el próximo fin de semana el 'saloon' se engalanará para recibir a un forastero ataviado con sombrero de copa y modales futbolísticos exquisitos. Con el FC Barcelona asomando por el horizonte, no hay derecho a que, en pleno 2014, se mantenga en el Far West del Turia el topicazo inverso tan cainita y habitual por estas tierras: si cuando ganan, ganan todos, no es de recibo que en la derrota pierdan sólo unos pocos.

El domingo toca competir, raspar, interpretar, cantar, gritar, aplaudir y triunfar. Velada inolvidable. Aparten el dedo del gatillo por unos días… y disfruten del espectáculo.

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