PROYECTO

El debate instalado en el valencianismo tras la derrota en Mendizorroza es diáfano: Marcelino sí o Marcelino no. Los argumentos para pedir la salida del técnico o su permanencia también están bastante claros y ninguno está desprovisto de razón. En este editorial nos hemos posicionado, en las últmas semanas, a favor de la continuidad de Marcelino por la falta de garantías de que un sustituto vaya a mejorar la situación, por el hecho de disponer de una plantilla hecha a medida (además de los fichajes, hasta el capitán, Dani Parejo, reconoció el año pasado que estaba en el Valencia por Marcelino) y porque el modelo de club pretendido por Mateu Alemany así lo demanda. Tras la derrota en Mendizorroza siguen vigentes estos argumentos. No es sólo cuestión de valorar el agujero que dejaría la salida de un entrenador que controla de forma directa la secretaría técnica y el cuerpo médico. Es una problema de filosofía, de cultura de club. Cuando García Pitarch renovó a Pako Ayestarán hizo un discurso interesante si lo despojamos del cinismo que desprendía y que se confirmó después cuando lo echó en la jornada 4. El entonces director general del Valencia CF habló de que no se podía gobernar un club a “golpe de pañolada”. Y es cierto. Mateu Alemany arriesgó con su diseño del Valencia CF “tuve la suerte de que Marcelino estaba en el mercado”, reconoció después en Bein, y le dio todo el poder. Es una concepción que exige confianza a largo plazo en el entrenador. Por eso, la obligación de Mateu Alemany es mantener a Marcelino hasta el final de temporada. Conviene hacer una profunda reflexión desde ya y ver cómo evoluciona el equipo pero el sentido común invita a pensar que los grandes cambios es mejor hacerlos en verano y con perspectiva. Dicho esto, es obvio que la situación puede tornarse insostenible si los resultados siguen sin llegar y el ambiente se vuelve irrespirable de forma reiterada o los futbolistas evidencian que ya no están con el entrenador. Sólo en ese caso, el director general podría asumir su fracaso y justificar un cambio de escenario.

Desde esa visión favorable al entrenador conviene, también, apuntar que Marcelino está gestionando de forma nefasta esta crisis deportiva. Sobre el terreno de juego, en Vitoria, se le volvió a ver superado por los acontecimientos en la segunda parte. Y, por si fuera poco, su discurso empeora la situación. Defiende su trabajo explicando que es un problema de puntería. Como si él no hubiera elegido a los delanteros o no fuera el responsable de su gestión emocional y del juego de ataque colectivo del equipo. Pero aún hay más, antes del partido contra el Sporting de Gijón en el Molinón, Marcelino, apuntó en otra dirección poniendo el acento en la debilidad mental del equipo, incapaz de gestionar un marcador favorable y que se viene abajo cuando le marcan un gol. Pudiera parecer que Marcelino no ha tenido tiempo en verano para buscar jugadores de un perfil más aguerrido, capaces de soportar la presión y con más experiencia. El entrenador del Valencia CF no se hace ningún favor a sí mismo poniendo el dedo en esa llaga. No tiene mucho sentido pretender un equipo mentalmente curtido sobre el césped y diseñar una plantilla con carácter dócil para tener un control efectivo del vestuario. Quizá, un discurso más autocrítico y más empático con una afición que, hasta el momento, ha tenido una actitud muy madura y comprensiva con el asturiano, haría que la posición de Marcelino fuera algo más cómoda pese a los resultados.

CENTENARIO

No queremos despedir el primer editorial del 2019 sin felicitar el Centenario a nuestros lectores. Hay una reflexión que no se ha hecho todavía porque es demasiado obvia pero que quizá convenga tenerla presente: que sea el Centenario del Valencia CF no implica que los rivales se vayan a dejar ganar. Una celebración de este calibre está muy por encima del desempeño del equipo durante esta temporada. Nada nos puede arruinar este momento. Amunt!

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