La derrota más triste fue la más digna

Fue una noche de emociones encontradas. Pero emociones extremas.


Es cierto que el gol del Sevilla estuvo muy mal defendido. Incluso se puede poner el acento en el hecho de que Fede no aguantara el balón en la banda en los últimos minutos, o discutir la idoneidad de optar por perder tiempo cuando se acababa el partido o argumentar que Pizzi se equivocó sacando del campo a Parejo… pero sería muy injusto. Nada se puede reprochar. Al contrario. Los futbolistas y el cuerpo técnico perdedores se han ganado un lugar imperecedero en el corazón valencianista.

El partido de ayer fue una prueba más de la magia de Mestalla. Fue otra demostración de la grandeza del valencianismo. De la enorme fuerza y energía que desprende la pasión por los colores. De cómo una afición puede llevar en volandas a su equipo, afrontar retos casi imposibles y sacarlos adelante.

Fue una hazaña sin premio, una heroicidad sin recompensa. El fútbol se cebó con la suerte del Valencia. Pero toca levantarse con la cabeza alta. Esta manera de perder fortalece todos los vínculos. No estamos en la Final pero somos mucho mejores, más fuertes, más grandes.  

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